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Panfleto

Sep 23  ·  3 min read

Soy un panfleto de restaurante. Peso unos cien gramos por metro cuadrado, mis bordes están perfectamente cortados y hacen daño si los rozas rápido; mi acabado es brillante y mi complexión es más bien blanda, aunque consistente.

Mi diseñador se pasó horas delante del ordenador hasta terminarme. Probó miles de tipografías, de colores, de formas, de órdenes distintos de los elementos; probó a hacerlo en vertical y en horizontal, probó a imprimir en folio, en plástico y en cartulina; probó a hacerme cuadrado, redondeado, con forma de corazón e incluso con forma de tenedor. Se pasó demasiadas horas delante del ordenador, bebiendo café, tirándose de los pelos mascullando injurias hacia Dios sabe qué o quiénes, golpeando de vez en cuando fuerte la mesa y tirando lejos el lápiz táctil. Quería crear el mejor panfleto de restaurante, el de colores más bellos, el que la gente no pudiera dejar de coger. Fueron muchas horas juntos, una bonita evolución de ambos. Por fin me imprimieron en miles.

Soy un panfleto de restaurante. He viajado mucho. Me tradujeron a muchos idiomas, y recorrí el mundo entero. En Francia les deseaba «bon appétit» a los comensales; hacía lo propio en Alemania, Austria y algunas partes de Suiza con «guten Appetit»; en España, México, Ecuador y Argentina era «buen provecho», aunque la cosa cambiaba en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, India y Singapur, donde solo decía un –a mi gusto seco– «enjoy your meal».

Solía despertarme pronto, sobre las ocho, pero no era hasta la hora de comer y, sobre todo, de cenar, cuando entraba más trabajo. He visto comer a muchas personas, solían llevarme con ellas al restaurante. Médicos, ingenieros, dependientes de tienda que terminaban su turno tarde y también policías, contables y un montón de turistas.
Algunas personas me miraban más, otras menos. Algunas me tenían en sus manos durante minutos, incluso horas, escudriñaban todos mis entresijos, disfrutaban de todos los detalles que mi diseñador pacientemente perfiló y hasta leían la letra pequeña. Llegué a pasar años en la mochila de algunas, saliendo de vez en cuando, viviendo grandes aventuras juntos.
Otras me cogían, me miraban un rato, parecía gustarles e incluso veía en sus caras la intención de entrar al restaurante, hasta que se distraían con otra cosa que les llamara más la atención.

Había incluso personas que me miraban, indefenso en el asfalto, me recogían e intentaban ser amables conmigo, antes de darse cuenta de que estaba demasiado sucio como para formar parte de sus vidas.

La mayoría sencillamente me tiraban en la siguiente basura que encontraban a su paso. Pasaba incluso con los más fieles, todos terminaban encontrándome años después en un bolsillo de aquel olvidado abrigo, me miraban, se preguntaban por qué demonios seguía aún allí y me tiraban. Tarde o temprano, con mayor o peor fortuna, todas mis aventuras terminaron en la basura.

Soy un panfleto, y ese es mi trabajo: llamo la atención de las personas, les hago disfrutar de una agradable velada y luego soy desechado. No soy especialmente relevante. Solo sirvo para lo que fui creado: usar y tirar. Soy un panfleto de restaurante.


Photo: Alice Donovan Rouse

Oh, and by the way!

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