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Contra corriente

Feb 28  ·  3 min read

Paseamos por la orilla. El río fluye hacia el norte. Es extraño, siempre pensamos en el norte como algo que va hacia arriba. No como algo que va hacia abajo. No como algo hacia lo que fluyen ríos. Quizás este río va a contracorriente. Nosotros vamos a contracorriente. Han sucedido tantas cosas. Todas las circunstancias nos han hecho fluir hacia el norte, en contra del sentido común, mientras nosotros solo queríamos ir al sur, hacia donde el río debería ir. Pero no íbamos, seguíamos caminando siguiendo al río, como llevados y arrastrados por su violenta corriente, seguíamos caminando hacia el norte a pesar de saber que era la dirección incorrecta.

A nuestra izquierda se apareció la entrada a un pequeño sendero. Era una apertura en el bosque, una invitación a explorar lo desconocido. Atisbamos un viejo puente de madera que nos hizo pensar que por ahí ya había pasado mucha gente antes y que no seríamos los primeros. Nos invitaba a adentrarnos en el bosque y su oscuridad.

Las marcas en el camino nos llevaron a la puesta de sol más única que jamás habíamos visto. El cielo se vistió de rojo, de púrpura, de naranja e incluso de morado a ratos. El bosque nos hacía un regalo en la tranquilidad de su remanso. Creímos estar a salvo. Fuera, la ciudad encendía sus luces, despertaba a su manera.

Pronto se hizo de noche. Seguimos caminando, y quisimos seguir más hasta que el cansancio se apoderó de nosotros. Llevábamos años caminando juntos, a contracorriente, pero las fuerzas se habían drenado ya.

Un puente sobre el río. Desde él, a lo lejos, pudimos ver la Luna bañando de luz a la ciudad en la lejanía, con sus luces reflejadas en el río, que fluía huyendo, haciendo todo menos invitando a volver a ella. Hacía tiempo que dejamos nuestro hogar para caminar. Nos quedamos un tiempo contemplando el paisaje. Hacía frío, pero no importaba si estábamos juntos. Nos sentamos, uno junto al otro como habíamos hecho otras tantas veces, y nos abrazamos. Ninguno de los dos sabíamos que ese sería el último abrazo. Ninguno de los dos lo disfrutamos como se merecía.

–¿Vendrás a verme? – preguntaste, con lágrimas en los ojos
–¿Y tú?

Nos quedamos en silencio, sintiendo cómo las mejillas se nos humedecían.

Tras el puente, dos carteles opuestos marcaban el camino hacia algún lugar al este y al oeste. Estábamos cansados de caminar hacia el norte. Siempre estuviste cautivada por el este, por sus gentes y sus culturas, por sus comidas y sus bebidas, por sus días y por sus noches. Yo siempre amé en secreto el oeste, por su tranquilidad y seguridad, por su parecido a casa y por su sensación de terreno recién arado en el que puedes sembrar casi cualquier semilla.

No nos costó tomar la decisión. Fue casi hiriente que tardáramos tan poco tiempo en hacerlo. Ya nos habíamos visto los ojos tristes en el puente, así que evitamos mirarnos en el cruce. Tú te sentías mal, yo me sentía hundido. Caminar solos nunca fue nuestro plan. Aún me pregunto por qué lo quisimos así.

–Cuídate mucho, por favor.
–Y tú. Te echaré de menos.

Nos dimos la vuelta y el sendero nos vio alejarnos en direcciones distintas, introduciéndonos en mundos diferentes, zambulliéndonos en otras vidas, diciendo adiós para siempre a la ciudad, al río y, sobre todo, a caminar a contracorriente.

Photography & text: Javi Ramirez (cc) 2016
 Creative Commons License
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Oh, and by the way!

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